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Todavía no había interiorizado exactamente hacia dónde me dirigía. Caminaba y sabía que iba a un lugar conocido, mejor dicho, que creía conocer. Miré a mi reloj y la hora indicada me advirtió que a partir de entonces para mí se acabaría el goce de disfrutar al menos dos minutos después de que cada mañana sonara el reloj despertador. “Esto es el fin del mundo, para llegar a las 8:00 AM en un P11 desde Alamar, tendré que salir a  las… (pensé). Me paré ante la puerta de la nueva facultad de Bohemia, algunos me habían dicho que la entrada era impresionante, pero aún dudé de ello. Desde donde estaba solo veía a una señora que limpiaba el piso con efusividad. La sala de espera estaba completamente desierta, sin nadie con quien intercambiar palabras más allá que con las colchas de trapear y las trapeadoras. De pronto, la misma señora me preguntó: ¿qué crees de los nuevos aires? No le respondí.

Subí hasta el primer piso y me perdí en su laberinto de aulas, baños para profesores y estudiantes (separados), almacenes, aulas, aulas, aulas…. con números, 1, 2, 3, 4, 5, 6….. números, números, números……. Me pregunté a quién se le había ocurrido nombrar las aulas de una Facultad de Periodismo con números tan aburridos, quizás si viviera Guillermo Cabrera Álvarez habría extraído ideas, frases y nombres de la literatura para cada espacio por habitar. Sabía que iba tarde a mi turno de clases, por eso no entré y solo observé desde afuera las caras de mis compañeros, que parecían muy acotejados al nuevo ambiente.

He de advertir algo: soy una persona extremadamente familiar, no exagero ni un poquito. No podría vivir en otro país, tampoco en otra provincia, como también me costaría mudarme hacia otro municipio. Cuando me alejo de lo que creo mío, me invade una sensación de soledad invencible. Algo similar me está ocurriendo ahora. Me siento muy extraña en la nueva facultad. Y, a decir verdad, no soy masoquista. Comprendo que se hacía imposible la vida en las pequeñas, calurosas y escasas aulas de G y 23, también reconozco que en cuatro años es la primera vez que me he sentido parte de una Universidad, desde el punto de vista de las condiciones infraestructurales: la amplitud de los salones, pizarras nuevas, mesas enormes para los estudiantes, con sillas bastante cómodas. Todo muy diferente a los anteriores pupitres que me provocaban tantos dolores de columna.
Sin embargo, será tan complejo llevar G 506 a Bohemia. …Es difícil que en estos pasillos tan amplios haya posibilidades de encontrar cada un minuto a un profesor, y saludarlo como si fuera un estudiante más, como pasaba antes. Ya no hay cafés para esperar los cinco minutos, ni un portal para sentarse y relajarse mirando carros, carros y carros. Ya sé que la nueva facultad no tiene la culpa, no me lo repitan más. No, habrá que acusar a la casona de G y 23, que tenía cierta magia que hacía a la gente cuestionarse la realidad más que nunca y sentirse cómodo dentro de la incomodidad.

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