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Túnel de la Bahía de La Habana04:00 AM
José Alberto ha despertado, una vez más, con la insoportable sensación de que la noche ha sido demasiado corta. Pone fin con su mano derecha el persistente sonido del despertador. De lejos, la distorsionada imagen de un grupo de discos sobre uno de los muebles del cuarto le recuerda que hoy se cumplen 18 días exactos en que pospone la avidez de su esposa por ver cualquier película. Mira a su alrededor, no ve más que cuatro paredes mudas, sordas, incomprensivas…Se apresura a cumplir la misma rutina de siempre. Luego de asumir sobre su cuerpo el sucio uniforme azul, agarra una mochila con algunas herramientas de seguridad. Una taza de café frío del día anterior, un beso sobre la frente de quien, a pesar de comprenderlo, a veces no puede seguir su ritmo. José Alberto tiene varias cuentas pendientes consigo mismo desde el pasado 4 de marzo de 2011, cuando se unió a un grupo de hombres que pasa la mayor parte del día a 14 metros bajo el nivel del mar

07:00AM
El tránsito comienza a complicarse. Autos particulares, estatales y almendrones bordean la Bahía de La Habana en una lucha por imponerse ante camiones de carga y atrevidas motos sin miedo al peligro. Quizás para cualquiera de ellos hubiese sido preferible una salida más temprana. Los semáforos parecen permanecer en rojo, la calle no termina y un insistente sonar de claxons se vuelve común. No pocos tienen que extraer de sus bolsillos el último billete para llegar con tiempo a su destino.
Mientras, del otro lado de la ciudad, frente al Túnel de la Bahía de La Habana, los choferes de ómnibus urbanos también intentan tomar la delantera; y José Alberto, varado en la zona señalizada con un cartel de Prohibido pasar, mide, por la intensidad del tráfico, las pocas horas que le quedan junto a la luz del sol. La voz lejana de su jefe, el ingeniero de obra, Marco Tulio Vega,  anuncia a su subconciente que ha llegado la hora de continuar la reparación del prodigioso Túnel.
10:00AM
¿Quién dudaría que cuando se repite todos los días la misma rutina la vida se vuelve más tediosa y hasta larga? Sin embargo, José Alberto no está tan seguro de ello. Muy en su interior lo contrario lucha por convencerlo. “La culpa es del día que es tan corto, y no me permite vivir a plenitud”, piensa, cuando junto a una hilera de hombres vestidos como él avanza en la oscuridad hacia el justo medio del Túnel. En esta zona le espera la misión que lo ha traído desde hace varios días hasta aquí: tres grandes grietas, nacidas luego de una inundación recién inaugurada la vía hace 51 años atrás, ha provocado serias torceduras en la estructura que posibilitan la penetración del agua. Durante la última reparación general, en 2001, se había resuelto el problema con unos dispositivos, denominados juntas de dilatación, que negaron la entrada del agua a través de resinas de diferente naturaleza química. Sin embargo, ahora debían pensarse nuevas actualizaciones.
Un grupo de compañeros agarra un andamio, lo conduce hacia el centro y José Alberto comienza a subir hasta la cima. Su cabeza casi roza con el techo; con el pedazo de cemento que lo separa del hormigón, que a su vez lo distancia del mar adentro. Cada paso es un nuevo pensamiento, cada trozo de material que deje reposar pondrá en juego la arquitectura futura del lugar. Mientras más se apega a la parte superior, la sensación de estar al límite entre dos mundos le aterra: el de sirenas imaginarias, tiburones y peces de todo tipo, y el de los tipos como él, sin tiempo para existir.

Un raro sonido artificial lo obliga a colocar pedazos de tela sobre sus oídos, la imagen fija de la grieta lo impulsa a perder la noción de lo que hace. Sabe que no hay posible peligro, pero aún así cada minuto significa una lucha entre su fe y su maldito oficio. ¿Y si de pronto la seguridad terminara? A veces siente vibrar al hormigón que está más allá de la superficie del túnel. ¡Qué extraño, cuántas veces de pequeño no cerró los ojos cuando en un carro cruzaba este mismo espacio! ¡Cuántas no rezó para que este no dejara de andar de pronto! Sin embargo, las paradojas de la vida lo han llevado hasta aquí.

Un suspiro mudo en su interior le hace volver a conectarse al exterior. El olor insoportable a humedad, el sucio hollín del humo de los carros impregnado en las paredes le transmite la sensación de asfixia. En ocasiones una falta de aire es compensada con una bocanada de su inhalador. A su alrededor todo se vuelve humo y señas.

Indefinido: 00 PM
José Alberto fija la vista en su reloj de manilla, la humareda le impide definir la hora exacta. La grieta no parece disminuir y cuando termine esta tarea aún tendrá que dedicarse a la restauración del alumbrado. El eco entrena su cerebro en el acto de la reconstrucción de gestos y palabras. Hay ambientes que condicionan la incomunicación, y este parecía ser uno de ellos. Piensa por un minuto en su esposa Ana, ¿qué estará haciendo ahora?, ¿qué pasará por su cabeza? De pronto se siente egoísta, absurdo; prefiere abstraerse e imaginar aquellos instantes pasados, jamás vividos por él, medio siglo atrás, en que un grupo de hombres máquinas levantaron esta enorme obra que conecta el este de la capital con el oeste.

04:00 PM
“Doce horas han pasado desde que abriste los ojos”, una voz resuena desde dentro. Otra vez las horas más difíciles en la rada habanera. La gente regresa de sus faenas diarias a descansar, trabajar, dormir en la casa. Pero él solo puede soñar con esto. Aún no sabe exactamente cuántas horas le quedan sin la luz natural. El techo alto, dos paredes apenas, humedad, ni un solo orificio por el que penetre aire puro. Agarra junto a otros dos hombres el andamio, su señal a lo lejos indica a un enorme carro que debe acercarse a la nueva grieta. Peldaño a peldaño, José Alberto multiplica sus pensamientos. Cada paso es una esperanza de terminar. Cada nuevo intento por resistir la humedad le recuerda que hay otro mundo fuera, más allá de este, a 14 metros bajo el nivel del mar.

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