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“¿Cómo no va a creerme usted que acabo de ver a Hemingway? Sí, como le cuento, vivito y coleando lo vi sentado en el bar La Terraza”, aseguró un día, con abrumadora certeza, un viejo pescador que, por los años 60, no dejó de ser catalogado de loco, por las constantes veces que insistió en haber visto a Papa en Cojímar. “No al fantasma, sino al mismísimo hombre”, repetía el anciano a cualquiera que le prestara la mínima atención.

En aquella época, cuando no pocos pescadores amigos del novelista preferían creer incierta la posibilidad de que alguien tan vivo como Hemingway hubiese acortado su vida con dos disparos, el testimonio de Osvaldo Carnero llegó a adquirir tanto sentido que, unas semanas más tarde de su “desequilibrada” afirmación, cerca de siete personas en el pueblo ya ratificaban la misma noticia.

La leyenda rápidamente sobrepasó los límites del poblado cojimero, hasta llegar a la mesa de redacción del diario El mundo, donde yo trabajaba como periodista para ese entonces. Esta fue la causa que me llevó a visitar por primera vez la villa: la tentativa de hallar alguna razonable explicación al mito. Estaba segura de mi objetivo: encontraría el supuesto fantasma de Hemingway; y si, por el contrario, revalidaba la aseveración de los habitantes del lugar, tendría en mis manos una noticia a la altura de grandes del Periodismo como Truman Capote o  Rizard Kapuzcinszki. De cualquier modo, ya la prensa había dado por muerto una vez a Hemingway y no había sido más que eso, una mentira.
Me bastó llegar a Cojímar para que varios pescadores me condujeran hacia el ya famoso bar “La Terraza”. Uno de ellos señaló con el dedo hacia un lugar específico que mi miopía me impidió definir con exactitud; pero que aún en la distancia pretendía presentarme al esperado Hemingway. No lo pude creer. Allí estaba, en la misma mesa que siempre prefirió cuando estuvo vivo: a la izquierda y mirando al mar. De pronto me sentí mal ¿Acaso la vida me estaba tendiendo trampas que me imposibilitaban distinguir entre ficción y realidad? El vestir descuidado, las sandalias de cuero, la barba blanca, la risa fácil y la piel quemada por un intenso sol que, en una lucha contra el fatalismo geográfico de haber nacido americano, había logrado hacer suyo… Sí. Tenía que ser él. El mismo que cargaba sobre su espalda el peso de más de doscientas heridas, cuatro esposas, un suicidio paterno, riñas de gallos, cacería, ebriedades, corridas de toros, abstinencias, soledad, aviones, armas, submarinos… Era verano. Tenía unos cuantos papeles sobre la mesa frente a la ventana. Parecía que, aunque siempre había preferido trabajar en Finca Vigía, ese día trazaría recuerdos muertos en ese lugar.

Sentí pena de sentarme a su lado. Aunque ya no podía ver cerca a ninguno de los pescadores que me había conducido hacia el lugar, sabía que Hemingway no dudaría en lanzar el más imprevisto de los regaños a quien interrumpiera el momento de su creación. Por ello, en Finca Vigía su esposa le había destinado una pequeña torre rodeada de gatos donde podía poner en práctica, con tranquilidad, aquel extraño vicio que ponía en peligro su equilibrio emocional. Entonces, pensé en su novela París era una fiesta, en el momento en que su personaje protagónico llegaba a una cafetería muy parecida a esta y tenía cerca a una muchacha muy similar a mí. Una extraña sensación me hizo sentirme ella y me quedé sola en la mesa que estaba a su izquierda, como él narra en el libro.
-¿Desea ordenar algo?, me dijo un mesero que, al parecer, no había advertido que yo era periodista.

-Un mojito, por favor, o un daiquirí- no dudé en decir. Esas eran las bebidas que más le gustaban a Papa. Supuse que aquello llamaría su atención.
-Mejor pruebe un whisky, y mézclelo con un poco de soda y hielo- dijo una voz con un acento americano que intentaba parecer cubano y que no tuve que esforzarme para identificar.

-Así que Hemingway en Cojimar, dije al ver que abandonaba su espacio y se decidía a compartir el mío.

-No, estás equivocada, no soy Hemingway- me lanzó mientras jugueteaba con una copa y no paraba de mirarme a los ojos de una manera que me pareció atrevida- Voy a tener contigo la confianza que no he tenido con nadie. Te revelaré mi identidad si a cambio me prometes no decir nada a nadie. Mi nombre es Saviers, el asesino de Hemingway.
***
Dos y media de la tarde. Mar tranquila. Gran ventanal a un lado. Brisa tenue con olor a sal y mil preguntas ingresando en el estrecho espacio de mi cerebro. Un sorbo de mi bebida para aislar el efecto de la noticia. Sigue la misma barba blanca y estatura enorme, su mirada centrada en mí. Suspiro lentamente. No puede ser. Hemingway se suicidó, se ha dicho siempre.

– No hable usted tonterías, Hemingway se suicidó hace 3 años en Ketchum. Es usted su espíritu, o él no murió jamás y usted sí es Hemingway y lo que intenta es jugarme una mala broma.

– Muchacha, créeme, de depender de él, aún estaría vivo, paseando con los pescadores, contando historias sobre París, los toros, la pesca en Cojímar…Aún no debía morir ¿Nunca oíste decir que tenía siete vidas como su gato favorito Bossie? Hemingway siempre fue un hombre aventurero y, contra todo peligro, luchó por existir. Yo mismo le vi una vez el rostro lleno de cicatrices, pero era muy fuerte para decir adiós de esa manera. Mira cuántos ejemplos en que estuvo al límite. Durante la Primera Guerra Mundial, fueron esquirlas de una granada; luego, durante su estancia en París en 1928, los cristales de una claraboya sobre su cabeza. El accidente automovilístico en Wyomming después de una cacería, otro en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, uno junto a Mary en la escalera que bajaba de Finca Vigía cuando chocaron el automóvil contra un muro de piedra, el doble percance aéreo del África… ¿Cómo crees que, quien siempre se salvó de tanto, un buen día iba a acabar con su vida?

Tragué en seco. Por primera vez en los minutos que llevábamos  de conversación sentí una sensación de frialdad en el corazón. Mis manos sobre la mesa se aferraron más que nunca al mantel azul. Noté una sonrisa cínica en su mirada, que todavía insistía en recordarme al mismo Hemingway.

-Señor Saviers ¿De dónde conocía a Papa?

– La verdad es que no sabría decirte un momento y lugar exactos. Habíamos tenido una amistad complicada. Creo que apenas Hemingway era un jovenzuelo que jugaba a publicar sus primeros relatos en Tabula, el periódico estudiantil de Oak Park, cuando nos conocimos. Entonces comenzó todo: Yo me convertí en parte de su vida. Incluso a veces llegué a sentirme su misma vida.

En la Plaza de Toros de Madrid, viví junto a él las más crudas corridas, las que más llegaron a gustarle y las que más nos desgarraron por dentro. En este punto muchas veces concordamos. A él le gustaban. Disfrutaba el espectáculo que daba muerte a aquel animal prehistórico, cruel, y mortífero, totalmente silencioso. Para él aquello era… imagínate, toda una función digna de disfrutar.

A mí también me gustaban las corridas, no voy a negártelo ahora; de hecho, mucho de lo que sé lo aprendimos juntos en las dieciséis lides que presenciamos en España, de San Sebastián a Granada. Pero siempre le dije a Hemingway que me resultaba un oficio peligroso en extremo: de esas dieciséis corridas que te dije, solo en dos de ellas no hubo ningún percance. Siempre le dije, “la fiesta de toros no es un deporte, es una tragedia que simboliza la lucha entre el hombre y la bestia.”

-Cómo a Hemingway le gustaban las tragedias…., dije en tono de burla, porque en realidad no sentía deseos de nada.

-Sí, a él le fascinaban, pero a mí no, yo creía que las historias se convertían en tragedia si llegaban al final. Quizás por eso tantas de ellas me quedaron inconclusas… no importa. Mira, yo también estuve con él por allá por el África, en el Kilimanjaro y en otros lugares, para la caza. A Hemingway le gustaba disfrutar de la muerte, era su espectáculo, pero en África fue distinto. Allí las aves de rapiña caían con tanta fuerza sobre un ser vivo como sobre un muerto. Una vez estuvimos en un lugar donde solo había cinco variedades de aves, pero quinientas de ellas se lanzaban sobre un hombre si estaba solo en un descampado. Así lo vimos los dos.

También estuvimos juntos en alta mar, intentando cazar una aguja. Esa sí que fue tarea difícil. Para salir a cazar agujas hay que conocer los lugares y los momentos del año en que se pueden coger, porque si no se sale a perder el tiempo. Recuerdo la primera vez que lo logramos. Él me gritaba y sus ojos brillaban de libertad en el aire. Se quebró la calma del océano y un enorme pez surgió de él, elevándose, brillante, azul oscuro y plata, tan grande que parecía que nunca iba a terminar de salir del agua. Medía cerca de 20 metros.

-Óigame, ¿no estará usted exagerando?

-Que no, 20 metros le digo. Vaya, menos mal que por primera vez me sonríe.

Cada vez lograba entender menos. ¿Ficción o realidad? ¿Dónde estaba la línea que separaba una de la otra? No sabía ya donde estaba, con quién hablaba, ¿qué clase de asesino era este que hasta me hacía reír? Solo estaba segura de haber escuchado aquellas palabras antes. Era una especie de deja vu, pero cuándo…
-Señor Saviers, ¿por qué mató a Hemingway?

Creo que nunca me pagó como me merecía, siempre estuvo demasiado pendiente de su vida, apenas se sentaba para mediar palabra conmigo, todo el tiempo de pie. Lo peor fue después de su enfermedad. Sí, antes de que me decidiera a matarlo ya Hemingway estaba muy enfermo, Mary Welsh lo encerró en una clínica en Ketchum para que se recuperara de su estado mental. Recuerdo que intentaron encerrarme a mí también, como si eso pudiese ser posible. Antes, las paredes de uno de los baños de Finca Vigía eran una prueba del deterioro cada vez mayor de Papa. Y con ello, poco a poco, Hemingway dejó de considerarme su amigo. Incluso, en el año 1954 le di un regalo, de esos que siempre se agradecen, y no fue capaz de pagarme más tarde.

Llegó el día en que los tiempos de convivencia pacífica terminaron. Me molestaba que Hemingway hubiese escrito tanto y yo no pudiese concretar una idea. Llegué a sentir envidia de él, y también lástima. Lástima de ver morir a un hombre que siempre había sido demasiado hombre. Había que actuar. Lo decidí.
La noche de 1 de junio de 1961 visité a Hemingway por última vez. Intentamos hablar, pero no nos entendimos. Me sentí tan destruido, que apreté el gatillo y le disparé dos veces por el centro del cráneo. Después le coloqué el arma entre las manos, para que la gente pensara que el viejo se había matado  por la inolvidable herencia de un padre suicida y una madre que nunca lo amó.

Cuando el Señor Saviers terminó de hablar, colocó la mirada en el suelo. Me pareció ver nostalgia en sus ojos, pero había muchas sensaciones dentro de mí para saber qué había exactamente en su cabeza. No pude decir palabra alguna. Coloqué la silla en su sitio y me despedí de aquel fornido hombre que me sacaba unos cuantos centímetros de diferencia. Sacudí la cabeza en gesto de negación. Volví la vista al mesero, me despedí de la mesa, del gran ventanal, del Señor Saviers, del humo que desgarraba el puro que acababa de extraer de su bolsillo. Caminé a unos metros de La Terraza. Cabeza baja. Preocupación constante. Me entregué al pasado. Extraje, entre un montón de papeles, uno de los titulares de los periódicos de la época. Allí pude leer sin mucho esfuerzo: Paciente de clínica Idaho Mr Saviers pierde la vida en accidente.

Entonces sí no entendí nada ¿Había hablado con un hombre muerto? Decidí continuar ampliando la noticia y leí más adelante:
Mery Welsh internó en la clínica Idaho a su esposo, el reconocido escritor Ernest Hemingway, con el nombre ficticio de Mr Saviers.
Un escozor extraño en la piel me hizo sentir que había vuelto a la realidad. Fui de vuelta otra vez a La Terraza, esperando encontrar al señor Saviers allí, dispuesto a darme alguna explicación; pero, para sorpresa mía, no encontré más que un montón de libros sobre la misma mesa. Los tomé en mis manos y pude leer sobre las portadas unos títulos que me hicieron estremecer: Muerte en la tarde, Las nieves del Kilimanjaro, Jardín del Edén, El viejo y el mar.
Preferí perderme de todo, incluso de mí.

Ya tumbada sobre mi cama, comprendí por primera vez aquello que una vez me había contando Mary Welsh, cuando hablé con ella después de la muerte de Hemingway. Ella hablaba de las tantas veces que le pareció que Hemingway dejaba de ser él mismo y viajaba a un lugar extraño, al parecer habitado solo por sus personajes. Saqué de mi maleta uno de los libros que había encontrado sobre la mesa, Jardín del Edén, abrí una página al azar, y comencé a leer:

Es más fácil si me quedo contigo

– Si, pero hazme el favor de irte. Mientras viva uno de nosotros, viviremos los dos. ¿Lo comprendes?

– Sí, pero esto no podemos hacerlo juntos. Cada cual tiene que hacerlo a solas. Si te vas, yo me voy contigo. De esa manera, yo me iré también. Yo soy tú ahora.

Cerré los ojos de una vez y por todas tranquila: El hombre que mató a Hemingway no había sido otro que el mismo escritor.

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