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Confieso que a veces me entristece llegar a la casa. No por la casa en sí, sino por el camino que a ella me lleva, enclavado en esta ciudad dormitorio que es Alamar, y que me parece siempre la misma. En realidad no tan “la misma”, pues desde hace varios años sus habitantes se han armado de creatividad, o de los recursos (pocos o muchos, conseguidos nadie sabe dónde) al alcance, para hacer de su marco físico un espacio más funcional.

Alamar, la también llamada “sopa de bloques”, no es nada especial en la geografía cubana, aunque algunos intenten convertir en “odisea” su rutina diaria en el P11. Ni siquiera sé porqué me motivo a hablar de Alamar. Tal vez puro regionalismo. De igual modo, por estos días encontré un autor contemporáneo que decía que hay lugares que reflejan estados de ánimos. Quisiera adscribirme a su criterio para desarrollar mi comentario. Alamar, sus calles sin nombre, sus zonas solo identificadas por números, sus garajes improvisados… reflejan un pensamiento; así como las deformaciones arquitectónicas (protagonizadas por la gente), tan cuestionadas actualmente, son el fruto de necesidades, muchas veces obviadas.

Por estos días, más que nunca, ha tomado especial preponderancia en los medios de comunicación cubanos el tema de las deformaciones en las viviendas, todas ellas producidas bajo el telón de la ilegalidad; sorteadas con cuantiosas multas, algunas veces resueltas con otras ilegalidades de por medio. Muchos comprenderán a qué me refiero.

En el año 2007, el arquitecto cubano Mario Coyula alertaba, en un ciclo de conferencias en el Instituto Superior de Arte (ISA), sobre el deficiente desarrollo de obras de madurez arquitectónica desde los años 70, y además se refería a la llamada “proliferación incontenible de distorsiones que deforman y envilecen a la ciudad y que son más dañinas aún que unas pocas obras nuevas feas o anodinas”. O sea, el tema hoy en cuestión no es nuevo, es una preocupación desde que, de los años 90 en adelante, comenzaron a aparecer las primeras alteraciones a las estructuras, sobre todo en edificios. Solo que en muchos lugares de la capital se permitieron, a pesar de la existencia de regulaciones que las prohibían.

Desde la transmisión nacional de la Mesa Redonda Informativa dedicada al tema, no he podido evitar escuchar tantas preocupaciones en las calles de La Habana. No hace mucho recorría algunos repartos de la provincia Villa Clara y me impresionaba no encontrar allí las tantas modificaciones estructurales que pueden verse en Alamar ¿Qué determina o influye en que esto ocurra así? Compleja interrogante, muchísimas causas pudieran estar actuando. En mi opinión, la imagen actual es el más claro reflejo de dos fundamentales factores: una inmigración interna cada vez superior hacia La Habana y la difícil situación que existe en nuestro país con la vivienda. Esto provoca que cada vez pueda hablarse menos de arquitectura, cuando la improvisación reina en todas partes.

Sin embargo, al mismo tiempo me entristece conocer tantos hogares que suman tres familias, embarazadas que no sueñan más que un cuarto y hombres que dejan a sus mujeres en casa, para ir, kilómetros más allá de distancia, a parquear el carro, por no tener un garaje cerca. Las deformaciones actuales son el triste resultado de necesidades, necesidades que crean estados de ánimo, estados de ánimo que provocan actitudes. Actitudes que llevan a querer “inventar” un cuarto a un hijo, llevar a la práctica el portal soñado, o simplemente tener un garaje. O sea, si bien improvisación, ha sido la solución para los problemas de muchos.

Aclaro, no apoyo en ningún sentido que la política sea la permisibilidad excesiva e injustificada a cuanto deseo arquitectónico de algún ciudadano surja; algo así como lo que alguien calificaba como “una ciudad llega y pon”. Tan solo quiero que no se acuda a la vieja fórmula de botar el sofá por la ventana, en aras de eliminar tantas viejas ilegalidades.

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