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En un inicio dudé comprar las entradas. Cuarenta pesos no resulta una oferta muy tentadora para un bolsillo asalariado. Sin embargo, tras tirar al vacío mis interrogantes sobre a dónde había parado la “Buena Fe” de quienes se proclamaron así desde un inicio, me decidí.

El preámbulo
Entradas en mano, pasé por delante de un gran grupo de personas que, en fila, esperaban al parecer algún fallo. Minutos antes, un muchacho de unos 30 años me había ofrecido un puesto para el segundo balcón en tres dólares. Me alejé de ellos y me entregué a las múltiples escaleras que me conducirían hacia mi alejada posición con respecto a los artistas.

Interrogantes
Una vez dentro, muchísimas preguntas llegaron a mi mente. De más joven, siempre fui a los conciertos de Buena fe. No sé cuántos estrenos de discos presencié. Me enorgullecía sentirme protagonista del nacimiento y desarrollo de un grupo musical sin precedentes. Sí, porque según la psicología social, las agrupaciones son también como las personas: nacen, crecen, se desarrollan, se reproducen y mueren. Hay algunas que nunca mueren y eso les permite reproducirse, hay otras que nacen enfermas. Sin dudas Buena Fe es de las primeras.

En aquellos primeros conciertos, cuando todavía cursaba el preuniversitario, recuerdo que solo me importaba cantar. Nada más llegaba a preocuparme tener a mano mi libreta repleta con sus canciones, copiadas a golpe de escuchar la radio. Sin embargo, esta vez ha sido diferente: ver tantos jóvenes que traían en sus manos los tres modelos de afiches que se estaban comercializando, destaparon en mí el resorte de la inventiva, del marketing que deberíamos heredar de manera definitiva. Me explico mejor: ¿Por qué no sé aprovechan este tipo de espacios para comercializar todo tipo de artículos relacionados con las agrupaciones cubanas en cuestión?
Los cancioneros de Buena Fe, tan bien recibidos desde la primera vez que salieron a la venta; pullovers, discos de música y de videos, por solo poner unos ejemplos. Son estrategias que no solo contribuyen a otorgar publicidad al grupo y a complacer a sus seguidores, sino que también permiten recaudar dinero que en algún momento contribuirá a abaratar los costos de los mismos discos que se venden por CUC.
Coherencia
La falta de inventiva, no solo se vio en la venta de afiches; sino que, una vez dentro, en espera de la hora señalada para iniciar el concierto, las pantallas reproducían videos de factura extranjera. No es la primera vez, en conciertos como el de Moneda dura y Lis Lamorú también ocurrió lo mismo. Aclaro, no estoy en contra de los clips  hechos fuera de Cuba y fruto de otra ideología; créanme que escribiría la misma idea aunque se hubiesen exhibido materiales de Silvio Rodríguez. El problema es la coherencia. Nuevamente me preguntó, por qué el teatro, el artista, el representante mismo, o la casa disquera que patrocina no aprovechan un concierto para reproducir videos de la agrupación en cuestión, entrevistas, fragmentos de otros conciertos. Creo que a veces se olvida que quien paga para ir a ver a alguien específico, es porque sigue a ese alguien, y va a allí precisamente para acercarse a esa figura.

El concierto
Quizás mi opinión no sea del todo fiable, porque viene de alguien que, desde que con guitarra en mano y sin otro acompañamiento que el arte y un talento innegable surgió Buena fe, supo que el futuro de ambos muchachos sería prometedor. No obstante, desde hace mucho un concierto no lograba emocionarme tanto como este. Cada tema  de ellos entraña tantos significados, que la gramática se vuelve inaccesible a veces para poder deconstruir sus mensajes.

Esta vez todo el espectáculo estuvo dedicado al cine cubano. Películas como Memorias del subdesarrollo, Nada, Perfecto amor equivocado dialogaron con las canciones y le aportaron nuevos significados. Sergio, el de Memorias… miró por el catalejo de Israel; y el manido tema de la emigración, en la voz de la hermosa canción Despedida, a dúo con Pablito Milanés, se acompañó por las imágenes de la película Nada. Allí no estuvo Pablo. Y he de reconocer, que pese a la carta que tanto revuelo ha causado en los medios digitales, y donde Pablo responde con tono muy poco ético y criticable; no pude evitar sentir su ausencia. Un joven cantante lo sustituyó, y la verdad, con una muy buena voz, pero nada como el timbre, la melodía, la magnífica voz que le impregna Pablo. Como dijera en algún momento Israel en el concierto, hay artistas que tiene una luz que los hace por siempre eternos. “Así los unicornios serán siempre azules gracias a Silvio, y Yolanda será siendo siempre, eternamente, Yolanda, gracias a Pablo.

Los Aldeanos en el Carlos Marx
Uno de los momentos más llamativos de la noche fue cuando aparecieron ante el público los Aldeanos. El fervor se apoderó de la sala. También los aplausos ¿Será que la gente se apasiona con lo prohibido? Lo cierto es que todos bailaron y cantaron con Los miedos, un excelente tema. Verdaderamente, desde la primera vez que la escuché supe que la selección del acompañante venía genial con el título y el contenido de la canción.

A mí no me gusta la música de los Aldeanos, no comparto su manera de enfrentar la vida, tan pesimista, triste, y que deja tan pocas esperanzas a la gente; pero he de reconocer, que como músicos, su trabajo ha sido meritorio. Quizás lo más admirable de ellos fue precisamente la valentía con la que hace cerca de un ano enfrentaron las campanas mediáticas, mientras se encontraban en Estados Unidos.  Son hombres con la valentía para hablar de frente, no de espaldas.

Herederos del Período Especial
A los muñequitos también Buena fe les hizo una canción; a aquella época sagrada en que los playstation no existían, tampoco los DVD, y no había otro sueño para los niños que esperar el momento de los animados de las cinco de la tarde. Fragmentos de estos fueron presentados y, de manera impresionante, la gente recordaba frases tan celebres como “Mientes rata inmunda”, “Qué país”, a gritos.
De todo esto fue capaz Buena Fe, de inspirarse en un puerco, una abeja, una zanja, un espermatozoide… de dedicar una letra inmortal al apóstol, de cuestionarse hasta su propia existencia. Por esto, con los ojos cerrados hay que saber que queda Buena Fe para rato y público para la eternidad.

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