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Primero fue el teléfono. Después la noticia. Hay noticias a las que uno nunca se acostumbra; aunque pasen los años, a uno le siguen pareciendo increíbles. Después, el miedo por las reacciones y descubrir cuando entras al Facebook que fuiste casi la última en saberlo. Luego el momento de pensar…. Pensar que todo lo que estás sintiendo es compartido por todos aquellos que lo conocieron. Quizás sus estudiantes no llegamos a demostrarle todo lo que lo quisimos y esta es tal vez el más perturbador de todos los sentimientos. Julio no era el decano, era “el dequi” como diría Jesús Arencibia, y prefiero, más bien puedo imaginar que nunca dejó, ni dejará de serlo.

Ahora recuerdo sus saludos de cada día, su calma y transparencia, sus lecciones de ética, su infinita bondad, las tantas veces que su máquina nos ayudó a terminar un trabajo a última hora. Julio era de los profes que no olvidaba a ninguno de sus estudiantes, no solo no los olvidaba, sino que aprendía con gran rapidez sus nombres. A mí me dejó más que un modelo de Periodismo a seguir, un ejemplo de ser humano. Mi primera entrevista periodística como estudiante se la hice a Julio, era un intento de conformar una nota informativa en mi primer año, creo que eso no lo podré olvidar jamás. No hace ni un año recibió el Premio Nacional de Periodismo José Martí, y tristemente, antes de eso ya Julio no compartía los pasillos de nuestra Facultad. Al menos me hubiese gustado entrar a suoficina y darle una cálida felicitación, como siempre hacíamos todos, preguntarle cómo se sentía o cualquier otra tontería. Si me preguntan, hoy no estoy segura de cuando fue la última vez que vi a mi eterno decano. La vida es así.

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