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¿Qué influye en que varios jóvenes prefieran las ofertas de libros y otros artículos en divisa, por encima de las de moneda nacional?

¿Qué influye en que varios jóvenes prefieran las ofertas de libros y otros artículos en divisa, por encima de las de moneda nacional?

¿Y de qué sirve un libro sin dibujos, ni diálogos?”, se preguntaba Alicia, personaje de ese clásico de la literatura que constituye Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carrol. No pude evitar recordar ese pasaje luego de una conversación que sostuve con una niña, casualmente también llamada Alicia, durante uno de mis recorridos por la Feria Internacional del Libro 2013.

Encontré a la pequeña de unos nueve años casi atrapada por una larga cola de jóvenes, que esperaba impaciente para entrar a una de las librerías de venta en moneda libremente convertible (CUC). Mientras varios muchachos se conglomeraban alrededor de una editorial mexicana; no ocurría lo mismo con la venta en moneda nacional, que si bien el número de personas también frenaba la entrada, la organización era más visible.

“Me gustan más los libros que venden aquí —me dijo Alicia refiriéndose a la librería en CUC—, porque tienen imágenes; los de moneda nacional solo tienen páginas y páginas, y no caricaturas. Es cierto que son más caros, pero es que estoy buscando varios libros para niñas, que solo venden aquí”, comentó.

Sus palabras me impulsaron a seguir conversando con otros niños y jóvenes. Quería saber qué los motivaba a preferir estos libros, y qué les resultaba atractivo entre las opciones en moneda nacional. La mayoría de ellos, tendidos sobre la hierba, mostraban a sus amigos y familiares afiches de sus artistas y deportistas favoritos, agendas coloridas, libros con muchas ilustraciones sobre diversos clásicos infantiles, revistas con Hannah Montana o fútbol.

¿Qué influye en que varios jóvenes prefieran las ofertas de libros y otros artículos en divisa, por encima de las de moneda nacional? ¿Qué pasa cuando a un niño cubano se le pregunta cuáles son los mejores libros? ¿Acaso son necesariamente los más caros?

Para Yelina Suárez, una estudiante de secundaria básica con quien conversé, todos los libros son iguales. “Lo que sucede es que algunos de nosotros estamos buscando materiales para la escuela, agendas, libros de entretenimiento, enciclopedias sobre otras culturas que nos puedan ayudar”. Al mismo tiempo, su amiga Karina Hernández Lee nos confesó que quería comprar libros de historia y diccionarios en la librería en moneda nacional.

Sin embargo, varios son los niños que, quizás debido a la influencia de sus padres, han crecido con el falso concepto de qué es lo bueno y qué lo negativo y, sin siquiera conocer las opciones en moneda nacional, van directo a comprar en divisa. Esta podría ser una primera razón que impulse esta preferencia, pero no es la única.

Miguel Pérez, a quien encontramos al final de la librería en moneda nacional, nos contó que se marchaba casi con las manos vacías, porque estaba buscando libros sobre deporte y solo halló uno. “Hay muchos libros que yo veo que nadie los mira. Me encantaría ver las ofertas en CUC en la librería en moneda nacional, la mayoría de las cosas de deporte tendré que comprarlas allí, sobre todo las relacionadas con el fútbol. ¿Por qué no puedo acceder a ellas por un precio asequible?”, dijo.

El comentario es muy interesante. Las cifras compartidas por los organizadores de la XXII Feria Internacional del Libro de La Habana develan un total de más de mil ejemplares en venta; de ellos, 379 títulos pertenecen a la Editorial Ciencias Sociales, 246 a la literatura infantil; mientras que la editorial Científico Técnica este año exhibió una exigua cantidad de títulos, donde se incluyen libros muy buscados sobre temáticas como deporte y nuevas tecnologías.

En esta, una de las editoriales más buscadas, solo aparecían 19 textos; entre ellos, por el deporte, Felix Savón: esplendor y récords boxísticos, dos de informática, sobre los virus informáticos y el Windows XP, y el resto se repartía entre temas de medioambiente, salud y política.

Los esfuerzos de los organizadores de la Feria del Libro por llevar una variada oferta de libros, que satisfaga las diversas preferencias de la población, son innegables. Por ejemplo, este año las opciones para niños incluyeron diversos libros de cultura general sobre Cuba, su geografía, historia, múltiples títulos sobre José Martí —imprescindibles para acercar a los niños a su obra—, libros de cuentos de autores cubanos y extranjeros, de aventuras, así como otros para colorear o para jugar a las “cuquitas” (término con el que se conoce en Cuba a muñecas de papel que los niños pueden recortar y luego vestir).

De hecho, al recorrer los diferentes stands en moneda nacional, encontramos muchos niños interesados en comprar títulos que estaban a la venta. Ahora bien, aunque los libros para la superación escolar estuvieron entre los más buscados, quizás el mayor atractivo recayera en los de entretenimiento. Cuquitas y libros de colorear estuvieron entre los preferidos.

El tema es bien complejo: ¿hacia dónde se dirigen los gustos de las mayorías que asisten a eventos como esta Feria? ¿Libros donde el contenido lleve las de ganar o la calidad de impresión y sus colores? Evidentemente, con la mayoría de los niños ocurre lo mismo que con Alicia: aquello que no tiene colores no llama lo suficientemente su atención, allí actúan patrones de comportamiento psicológico difíciles de modificar.

Cada día es más común ver entre nuestros niños y jóvenes claros fanatismos hacia personajes foráneos, como Hannah Montana, Dora la exploradora, Harry Potter, que aunque no tienen necesariamente que ver con nuestra idiosincrasia, llegan a niños y jóvenes por medio de las distintas vías de socialización de la información existentes en la actualidad. Que existan estas preferencias no puede preocuparnos, ni exacerbar un nacionalismo que nos lleve a prohibir su venta y promover en su lugar cientos de afiches de Elpidio Valdés o El capitán Plin.

¿Cómo buscar formas de actuar ante este fenómeno? ¿Significa esto que las editoras cubanas tienen que lanzarse a la reproducción de libros de fútbol o a historietas de Hannah Montana, porque una parte de los gustos de los públicos dice que lo prefiere? ¿Cómo crear opciones nacionales de gran atractivo para los jóvenes, o enseñar a los niños que el verdadero valor de un libro no reside en el precio, ni en sus colores?

No apuesto para nada por una desaparición de estos espacios, sino por crear opciones lo suficientemente atractivas como para fortalecer nuestros proyectos en moneda nacional. Se imponen estudios sobre aquellos artículos con mayor aceptación que otros; sin dejar de prestar interés a libros imprescindibles para los niños, y que muchas veces solo los adultos conocemos de su valía.

Tengo una hermana de diez años que, como Alicia y la mayoría de las niñas de su edad, se queda fascinada con muchos de los íconos que las industrias transnacionales han presentado a los adolescentes. Siempre le digo a ella que no me molesta ver un afiche de Hannah Montana en la puerta de su cuarto, siempre que libros como El Principito, La Noche, Corazón o La Edad de Oro formen parte de sus lecturas diarias.

En esta feria, cuando ella puso en mis manos dos CUC, para que yo le comprara un libro en divisa, decidí invertir la misma cantidad en dos fascinantes libros de cuentos de autores cubanos (Es raro ser Mildre, Cuando los cuentos crecieron), un libro para descubrir la naturaleza cubana, varios para colorear y una Edad de Oro. Hasta el momento, ella lee los cuentos de ambos libros, dibuja animales de nuestra fauna nacional, y Hannah Montana continúa colgada en la puerta de su cuarto.

Publicado en Cubahora

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