Etiquetas

, , , , ,

soldadito-de-plomo-2El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano escribió en su libro Los hijos de los días: “dicen los científicos que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias”. Una sirenita recreada por Walt Disney con el nombre de Ariel, el soldadito de plomo enamorado de la más bella bailarina, la reina de las nieves, una niña tan pequeña que su madre decidió llamar Pulgarcita, habichuelas con un fin más entretenido que el habitual… A esas historias que irremediablemente han marcado la infancia de miles y miles de niños está dedicado el día de hoy.

Érase una vez… mi niñez y la de un grupo de pequeños, marcados por el llamado Período Especial. No teníamos muñequitos de Dora la exploradora, películas de Harry Potter, ni enormes gigas de información con cientos de opciones audiovisuales o juegos electrónicos para escoger…pero supimos de aquellas historias, contadas o leídas por mamá en las noches, o vistas en la televisión, que nos hacían soñar.

Fue Hans Christian Andersen el primer autor para niños que conocí. Mi madre una vez me regaló un pequeño libro con varios de sus cuentos y los devoré de inmediato. Casi se convirtió, debido a mi escasa biblioteca, en mi texto de cabecera. En ese momento, él era para mí un autor más, “el de la sirenita y el soldadito de plomo”, decía siempre. Con el tiempo supe que conoció a Víctor Hugo, Lamartine, De Vigny, Mendelssohn, Schumann, Dickens, los Browning, que era un admirador de los grandes, y que sus cuentos lo convirtieron en el padre de la literatura infantil.

Érase una vez… un hombre que aseguró, con sobrada precisión, que los cuentos nunca morían. Andersen supo seguir siendo niño en un mundo de adultos (difícil tarea para los hombres de estos tiempos), y con eso creo una literatura, que aunque ha sido etiquetada como infantil, lo cierto es que la industria cinematográfica ha realizado grandes adaptaciones a sus obras, para acercarlas a los niños, por la crudeza de los desenlaces de sus historias.

Recuerdo que de niña, hubo un tiempo que mi madre me prohibió leer a Andersen, porque un día mi abuela me encontró llorando la muerte de mi sirenita Ariel, y acusando a Disney de difundir mentiras sobre lo que pasó realmente con esa historia. Lejos del final feliz de la versión para cine, descubrí que la sirenita de Andersen no pudo conquistar el amor del príncipe. Se había convertido en una burbuja, en una hija del aire y aquella imagen no se borraba de mi mente siempre que estaba cerca del mar.

Cierto es que sentí alivio cuando leí que la triste historia de ofensas y de rechazos hacia el pobre Patico feo no era más que el necesario camino hacia el bello cisne en que luego se convirtió. Y aprendí moralejas, magia, de mundos raros y de hadas, y que como dijo Antoine de Saint Exúpery, lo esencial es invisible a los ojos. Pero lloré otra vez con su cuento Los zapatos rojos.

La historia comenzaba así: “Hubo una vez una niñita que era muy pequeña y delicada, pero que a pesar de todo, tenía que andar siempre descalza…”. El hermoso relato que parecía destinado a un final feliz fue conducido por Andersen al más trágico de sus desenlaces: a los pies de la niña llegaron unos zapatos rojos, hechizados con un embrujo que solo le permitían bailar y bailar.

El fin para aquella pequeña fue decir adiós para siempre a sus pies, con tal de dejar de bailar. “Luego el verdugo le hizo un par de pies de madera y dos muletas, y le enseñó un himno que solían entonar los criminales arrepentidos”, decía la historia.

Ese día cerré por mucho tiempo ese sospechoso libro para niños. Me pregunté varias veces qué haría Disney para adaptar dicha historia al cine sin hacer llorar desesperadamente a los niños.

Andersen tenía la persistente costumbre de preparar a los niños para los horrores de este mundo. Quizás a veces fue demasiado trágico y realista. Lo vimos también en El soldadito de plomo, la hermosa historia de amor que pasó por miles de desavenencias, hasta que el fuego los fundió en un mismo plomo con forma de corazón, y estuvieron juntos, pero inmóviles para siempre.

Érase una vez… un Andersen al que le debo, las historias más tristes, pero las más hermosas que jamás leí. Un escritor que amaba los cuentos. Qué escribió para adultos y mucho también para niños. Un Andersen al que extraño sobremanera en estos tiempos, pese a aquellos finales que tanto me estrellaban contra la tierra.

Publicado en Cubahora

Anuncios