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Juan-FormellTodavía uno teclea su nombre en Google y descubre que Wikipedia contempla la fecha de su nacimiento, pero no la de su muerte. Los medios lo anuncian, la TV le rinde homenaje, los periodistas corren para escribir la crónica que jamás se habría anunciado; pero aún así cuesta creerlo. ¿Será porque no hace mucho lo vimos recoger lleno de alegría el premio Granmy Latino a la excelencia musical?, ¿porque hace par de días casualmente pasó por mi mente aquel histórico Concierto por la paz, que cerró con la música de los Van Van y artistas de todo el mundo juntándose de las manos? ¿O porque aún lo veíamos tan vivo que costaba pensar en él en pretérito?

Ahora mismo hasta me duele pensar que finalmente en Cubahora no logramos hacerle la entrevista que nos debía. Escribo y no dejo de pensar en Juan Formell, en que no tenía razón cuando dijo eso de que “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. Este pueblo te quería Formell, y estoy segura de que mañana serán miles los que irán a despedirte al Teatro Nacional,  miles los que te cantarán, porque a los grandes como tú hay que recordarlos con música, como soñaba Nené Traviesa en La Edad de Oro.

Siempre me pareció que los Van Van tenía “un no se qué” que hacía despertar las ganas de bailar a todo cubano. Y si no, ¿qué me dicen de Sandunguera, Chirinchirran, El negro está cocinando, Ven ven ven, Con Marilú? Fueron canciones que marcaron una época, pero que su grandeza está en la vitalidad que tienen tantos años después.

Se nos ha ido Formell y no dejo de repetir que se están poniendo muy aburridos estos tiempos. ¿Por qué tuvo que morir el Gabo? ¿Por qué Teresita Fernández, Daniel Díaz Torres, Hugo Chávez, Alfredo Guevara, Santiago Feliú, Sara González? Por qué se nos van los grandes así sin más? ¿Por qué me condenan a pensar en pasado si solamente tengo 24 años?

Parece que tendré que llevar a mi patio una palagana vieja llena de violetas, ojear una vez más Cien Años de Soledad, reirme con el humor de los noticieros ICAIC de Daniel Díaz Torres y enjugarme los ojos por enésima vez al escuchar de Sara González gritar “nuestra primera victoria”, pero aún así me sigue faltando algo.

Una vez más convido a mis contemporáneos apurarnos, que se nos van los grandes y tenemos que echar el motor de esta generación a andar para que nazcan y surgan hombres con esta altura; si no, habrá que mudarse al cielo, para vivir allá con la alegría.

 

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